Movimientos
lentos, al ritmo natural. Mirada fija y profunda en las conversaciones. Mente
abierta, corazón despierto, alma libre. Paso firme, caricia suave.
Conversación
interior, conexión con lo natural que siempre supo que había en ella, sólo tuvo
que redescubrirlo. Su expresión de paz parecía trascender el tiempo y cualquier
barrera conocida en el universo. Ella amaba viajar y empaparse de las
diferentes culturas. No sólo vestía como las gentes del lugar, comía como
ellas, miraba como ellas, se movía como ellas…
Ella
sabía que era la única manera de conocer realmente cada sitio, cada cultura.
Por
las noches, cuando todos o casi todos dormían, ella reflexionaba, observando
las estrellas, cada tiempo en una posición distinta y tan bella como la
anterior. Reflexionaba sobre las diferencias entre cada cultura vivida, cada
costumbre humana. Y siempre, antes de caer en el maravilloso y mágico mundo de
los sueños, sentia la esencia que lo conecta todo, esa esencia que no entiende
de diferencias y se preguntaba qué ocurriría si todos los seres humanos del
planeta lo sintieran.
Ella
lo tenía todo muy claro en su corazón y su ilusión por compartir esta fuerza,
esta sensación profunda, a veces la desbordaba. Escribía siempre que podía todo
aquello vivido. Las lágrimas le recorrían las mejillas al imaginar que pudiera
transmitirlo. Sintió el universo en su corazón y su alma se expandió…
Adentrándose en las
bibliotecas de cada pueblo o ciudad pudo comprender la importancia del
lenguaje
y el poder de la escritura. Escuchando la música de cada lugar pudo saber su
historia y conocer los corazones de otros tiempos. Observando los bailes
descifró el código expresivo de las gentes con que vivía y pudo comunicarse de
una manera más profunda, con un entendimiento espiritual que, a veces, la hacía
plantearse hasta el origen de cada célula de su cuerpo.
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