viernes, 16 de septiembre de 2016

Diosa terrenal


Movimientos lentos, al ritmo natural. Mirada fija y profunda en las conversaciones. Mente abierta, corazón despierto, alma libre. Paso firme, caricia suave.
Conversación interior, conexión con lo natural que siempre supo que había en ella, sólo tuvo que redescubrirlo. Su expresión de paz parecía trascender el tiempo y cualquier barrera conocida en el universo. Ella amaba viajar y empaparse de las diferentes culturas. No sólo vestía como las gentes del lugar, comía como ellas, miraba como ellas, se movía como ellas…
Ella sabía que era la única manera de conocer realmente cada sitio, cada cultura.
Por las noches, cuando todos o casi todos dormían, ella reflexionaba, observando las estrellas, cada tiempo en una posición distinta y tan bella como la anterior. Reflexionaba sobre las diferencias entre cada cultura vivida, cada costumbre humana. Y siempre, antes de caer en el maravilloso y mágico mundo de los sueños, sentia la esencia que lo conecta todo, esa esencia que no entiende de diferencias y se preguntaba qué ocurriría si todos los seres humanos del planeta lo sintieran.
Ella lo tenía todo muy claro en su corazón y su ilusión por compartir esta fuerza, esta sensación profunda, a veces la desbordaba. Escribía siempre que podía todo aquello vivido. Las lágrimas le recorrían las mejillas al imaginar que pudiera transmitirlo. Sintió el universo en su corazón y su alma se expandió…

Adentrándose en las bibliotecas de cada pueblo o ciudad pudo comprender la importancia del 
lenguaje y el poder de la escritura. Escuchando la música de cada lugar pudo saber su historia y conocer los corazones de otros tiempos. Observando los bailes descifró el código expresivo de las gentes con que vivía y pudo comunicarse de una manera más profunda, con un entendimiento espiritual que, a veces, la hacía plantearse hasta el origen de cada célula de su cuerpo.

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